martes, 14 de febrero de 2012

LA RESPUESTA MAS SENCILLA SIEMPRE ES LA REALIDAD



-          Y tu?, Que haces aquí? – desorientadamente pregunte –.
-          Te quería ver; - entre petición y exigencia contesto; hubo un espacio y continuo -.
-          Te sorprende verme aquí?,
-          Tal vez? – dije –,
-          Esta vez, decidí hablar contigo porque creo que te debo una disculpa, y este debe ser el mejor momento – como si supiera que desde hace mucho en nada me iba bien -; Me duele ver que no entiendas lo que paso.
-          Ah!!, Ahora soy yo el que se equivoco, ¿no? Si fuiste tú quien me dejó cuando mas te necesitaba, - mi hermano había muerto tiempo atrás -.

Aun sorprendido por la visita, me di la vuelta y me senté en el mueble en ese entonces color melón, que estaba en la fría y cada vez menos visitada sala de mi casa.

No era la primera vez que recibía esa visita, de hecho era una práctica casi común, desde que se fue, nunca hablamos, más bien siempre era una mirada de nostalgia, de temor, o tal vez de incredulidad. Ya había pasado tiempo.

-          Pero no fue mi culpa, ni la tuya! – dijo –
-          ¿Entonces de quien? – conteste indignado –
-          De nadie, así es la vida. – aseveró –

Incrédulo aun por las condiciones de la platica, crecía sin cesar dentro de mí, el nervio propio de no poder distinguir que reflejaba mas mi condición, si el odio por haber sido separado tan fácilmente de su vida, o la alegría pura, de las que rompen el dolor, la angustia y el silencio, por el solo hecho de estar frente a quien, desde tiempo atrás, quise estar.
Mirando a sus ojos tan nobles y audaces como los recordaba, le invite a no abandonar la conversación;
-          ¿La vida de quien? – pregunte –
-          La vida de nosotros – en tono protector contestó; al tiempo que buscaba tomar una posición cómoda, como para tener una larga platica; con una clara preocupación reflejada en su rostro, que era brillante, un tanto pálido, con destellos, - tal vez por la gran cantidad de luz que parecía emanar de él – un tono un tanto azulado; que contrastaba con el  fondo pardo, de la un poco obscura habitación.

Retome la plática, pensando en hacerle sentir un poco del dolor que me había causado con su partida. “Será mi vida, porque a ti no te importo la que tu tuviste junto a mí; por eso me dejaste, ¿no?” ”¿Cómo puedes creer eso?” – Dijo – “¿Que?, ¿No es así la vida?” – Sarcásticamente contesté – “No, por supuesto que no, la vida no se limita únicamente a eso, los cambios que en ella se presentan son muchas veces dolorosos y angustiantes, pero la finalidad y el valor de la vida son constantes...”. “Eso no es cierto” – interrumpí ya con un grado de desesperación en mi voz -; y de igual manera pensaba que con su partida de todos modos todo había cambiado, por lo menos yo lo había hecho, con temores aniquilantes y con debilidades desequilibrantes para mi temple como hombre, ya no era el mismo. Era fácil decirlo para él, nunca vivió el dolor que yo viví, no solo había sido mi hermano, antes fue mi tío, después fue mi primo, era mi mamá, mi papá, mis tíos, mi calma vida, sin angustia alguna, hasta cierto grado, ingenua.

-          Todo cambia, yo cambie – lentamente contesté -.
-          Pero yo sigo siendo lo mismo, tu fuiste el que me cambio y con ello te cambiaste tu, y nos cambiaste a todos!. – contestó ya desesperado, de pie, agitando las manos y terminando la oración señalándome con su clásica postura amenazante; el enfurecimiento despertó su intención de abandonar la habitación, sin embargo desechó la idea y solo busco un punto donde encontrar serenidad.
En ese momento, me fue extremadamente familiar, sentí que nada había pasado, que nunca se había ido, que siempre estuvo ahí, aun cuando más lo necesite, aún cuando hubo un muerto en casa.
-          Con lágrimas en mi cara, y un rojizo en mi rostro, resultante de haberme encolerizado por la angustia y roto en llanto por la impotencia, como creyendo que eso le daría peso a mis argumentos; sin más, me encontré parado, con una sencilla vestimenta, con un día mas preparado para el descanso, convertido en calvario de soledad, (ya que los de la casa fueron a visitar a nuestro muerto en el panteón); me encontré, afligido, apesadumbrado, pero tiernamente protegido y acompañado. Reflexioné; como siendo un niño, la muerte vino a mí para sufrirla como adulto; ¿que hice yo?, ¿en que me equivoque?, Cómo si yo tuviera que sufrir la  vida de esa manera para entender y valorar los cosas, Las pude haber entendido de otra manera; no era necesario tanto dolor.

Hubo como siempre un rechinido en el sillón al sentarme; sin ganas, con la cabeza gacha, y con un llanto más confortable que doloroso, oí en voz conciliadora pero cortada, y físicamente más cercana.
        “El dolor solo puede venir de un sentimiento tan grande y puro como el que yo vivo por tí; ¿que no lo entiendes?, No te puedo ver así toda la vida, el verte así hace que nuestras vidas no valgan nada; hacen inútil el que yo este con el deseo de verte seguir adelante, aquí, junto a mí, junto a todos; ¿no te das cuenta?, tu no tienes derecho de matarme”

Sintiéndolo tan cerca, comprendí, que después de todo ese laberinto de emociones y frustraciones que representaba su visita; tras el cansancio físico y mental de enfrentarlo, toda la angustia y rabia que por muchos años lleve en mi interior, tristemente se resumían a una sola oración...

“te extrañe con todo el alma” – dije -

- ya sin verlo, esfumándose tan repentinamente como llego, lo oí decir - “lo sé, por eso somos hermanos”

BDRF

2 comentarios:

  1. Me encantó leer esto y, aunque algunos sentimientos evocados fueron difíciles, disfruté todo tipo de efecto que causaron en mí tus palabras.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, por darte el tiempo para leerlo.

    ResponderEliminar